Estaba sola en casa el jueves por la tarde, vistiendo nada más que una playera de tirantes holgada y unos shorts diminutos de algodón que apenas me cubrían el trasero. Mi esposo, David, estaba en el trabajo y no volvería sino hasta dentro de unas horas.
La casa estaba en silencio, excepto por el bajo zumbido del aire acondicionado. Acababa de servirme un vaso de té helado cuando sonó el timbre.
Me asomé por la ventana y lo vi: el repartidor.
Era alto, de hombros anchos, con brazos musculosos qu