Me arrodillé en el suelo polvoriento, con el corazón martilleando contra mis costillas con un ritmo que me hacía doler el pecho. El aire en el almacén se sentía espeso, con sabor a cartón viejo y rincones olvidados. El hombre se alzaba sobre mí como una montaña, su sombra me tragaba entera y me hacía sentir más pequeña que nunca. Extendí mis dedos temblorosos, desabrochando su pesado cinturón de cuero con un roce metálico lento. Bajé la cremallera, y fue entonces cuando la vi.
¡Joder!
Era en