La comprensión de que algo ya estaba ocurriendo sin necesidad de anuncio no llegó como una revelación súbita ni como un punto de inflexión claramente delimitado dentro del flujo de lo que percibíamos, sino como una presión progresiva que se iba instalando en la estructura misma de la percepción, desplazando sin violencia pero con absoluta persistencia aquello que antes entendíamos como “observación” hacia una forma más densa de participación, una sensación difícil de ubicar porque no pertenecía