Capítulo 30
—¡No lo hagas, mocosa… no lo hagas, te lo suplico…! —murmuró viendo cómo una de sus manos se cerraba ferozmente sobre su muslo, y si hasta ese momento Gabriel no sabía con qué se lastimaba, cuando vio el primer movimiento que le abrió la piel, supo que tenía aquel instrumento de autolesión más cerca