—¡Por favor dime que me puedes contratar! —casi suplicó Reed, juntando las manos.
Estaban en la nueva oficina de Gabriel y el doctor estaba a punto de llevar aquel dramático acto a un nivel superior y ponerse de rodillas.
—¡Te lo suplico! ¡Me estoy muriendo del aburrimiento!
—Tampoco creas que aq