Dos días después Gabriel y Reed regresaban de la tienda con el anillo, y el capitán estaba que no cabía en él de la felicidad.
—¡Ahora ya sé tu secreto! ¡Tienes que elegirme como tu padrino! —sentenció Reed.
—¡De eso nada!
—¡Oye, oye! ¿No voy a ser alguien importante en tu boda? —refunfuñó Reed.