Marianne pasó saliva y al guardaespaldas no le pasó desapercibido que estaba casi sudando frío.
—No te voy a tocar —advirtió él apoyando la rodilla izquierda en el suelo a la altura de una pantorrilla de la chica y el pie derecho al otro lado de su cuerpo—. Solo voy a tocar el vestido, ¿de acuerdo?