111. Gracias
A pesar de que ya los había conocido, tenía unos nervios que no me dejaban en paz.
No solo yo estaba extremadamente nerviosa, mi abuelo estaba moviéndose de un lado a otro. Había pulido todas sus antigüedades de arriba abajo. Se notaba el gran esmero que le había dado a la limpieza y, aunque me ofrecí a ayudarle, él no quiso. Había traído flores naturales para el arreglo de la mesa. El olor de su comida era encantador. Todo reflejaba dedicación.
—Abuelo, cálmate un poco.
—No puedo, pequeña —moví