Dos meses después.
—Llegaremos tarde—gritó Gabriel una vez más y yo corrí por el departamento saltando en un pie mientras me colocaba el otro zapato.
—¡Ya estoy lista!—mentí con descaro.
Rámses estaba parado en la puerta junto a Gabriel. El primero llevaba en la mano un café para mí y un emparedado que me había preparado para el camino; el segundo llevaba mi bolso con los libros.
¡Los amo!
Salimos de la casa con el típico apuro de todas las mañanas.
—Desayuna—dijo Rámses y abrí la boca cuan gra