Desde que estudiaba, tenía una costumbre que nadie conocía.
Cada vez que terminaba de escribir la última letra de mi nombre, hacía inconscientemente un pequeño punto al final.
Era un hábito que tenía desde hacía años.
Al firmar, casi no ejercía presión, así que el puntito quedaba muy tenue y solo podía distinguirse al mirarlo con atención.
Nunca se lo había mencionado a nadie. Ni siquiera Lourdes se había dado cuenta.
La firma que falsificó parecía perfecta, pero en realidad tenía un error fatal