Cuando los brazos de Alexander al fin me soltaron, unos minutos después, sentí cómo el frío me invadía. Él abrazó con fuerza a su pequeño hijo y luego lo apartó para mirarlo a la cara.
— ¿Estás bien? — le preguntó.
El niño, asustado, asintió, pero ni siquiera fue capaz de soltarse del cuello de su padre.
Siguió ahí aferrado como una pequeña pulguita. Yo me abracé a mí misma al contemplar aquella escena. Los remordimientos me invadieron nuevamente y me pregunté si tal vez en realidad estaba hac