54| Alex.
Yo me quedé ahí, en medio de la acera frente a mi empresa, ahora con una deuda de un millón de dólares. Pero no importaba, me sentía extrañamente tranquilo.
Mi hijo, en los brazos de su madre, me devolvió un poco la estabilidad, pero el odio que aún sentía Ana Laura por mí me desconcertó.
Ese día se había comportado tan bien, tan sencilla, como si nuestra conexión hubiese regresado, pero evidentemente no era así.
Los años que habían pasado nos habían cambiado a los dos para mal. Ahora Ana Laura