Doña Azucena, la mamá de Alexander, entró en el baño.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó nuevamente, pero esta vez en un tono más calmado.
La mujer se quedó de pie frente a la puerta, observó a Gabriela con los ojos llorosos y la mano en la mejilla, y luego miró mi vestido manchado.
—Ella me golpeó —dijo Gabriela—. Yo solamente venía para agradecerle por el salón y por lo linda que quedó la fiesta de compromiso, no sé por qué me odia tanto —dijo mientras lloraba.
—No he hecho nada, Doña Azucena