Tuve un real impulso por empujarla, por golpearla, por alejarla de mí. No quería hablar con Gabriela; era lo último que hubiese querido en ese día tan tormentoso.
Pero la mujer estaba ahí, de pie frente a mí, y parecía que no se marcharía. El pequeño Esteban nos observó a una y otra, como si, a pesar de su pequeña edad, pudiese entender que entre las dos había un enorme vacío, imposible de llenar.
Miré hacia Federico en busca de tal vez alguna ayuda, pero él simplemente se encogió de hombros, c