Parece bien

Parte 9...

Aquello lo hizo sentirse mal, incluso pequeño. Como ella, ¿cuántas otras personas existirían por el mundo, olvidadas por autoridades que nunca les ofrecían oportunidades y, peor aún, ignoradas por la gente común, demasiado ocupada mirando solo su propio ombligo?

¿Cuántas otras Camilas estarían ahora mismo intentando sobrevivir después de la mala suerte de sufrir una lesión, algún problema que las apartara de una participación activa en la sociedad? Muchas, sin duda, terminaban abandonadas.

—Perdona por hacer preguntas así, pero necesito saber un poco más sobre ti —dijo, sintiéndose incómodo por incomodarla.

—No hay proble…ma. Pregunte con confianza. I-incluso lo prefiero.

—Cuando te pones nerviosa, ¿los síntomas se intensifican, verdad? —ella asintió—. ¿Puedes leer, escribir… tomar recados…? —se sintió ridículo al formular aquellas preguntas.

—S-sí —acomodó el bolso sobre el regazo—. Es un poco com…plicado cuando tengo… un día malo —gesticuló intentando explicarse—. Mi coordinación motora quedó muy afec… afectada —forzó la palabra—. Pero ahora leo… aunque como una niña de diez años —hizo una pausa y volvió a respirar hondo—. Y cuando estoy bien, puedo leer frases completas. Escribir es más difícil porque nece…sito tiempo.

Antes le avergonzaba admitirlo, pero con los años había entendido que aquello formaría parte de su vida para siempre. No era algo feo ni incorrecto; simplemente eran las secuelas de un accidente grave.

—¿Cómo es un día malo, Camila? —preguntó, entrelazando las manos.

—Olvido cosas simples. Los números se me mezclan o se invierten, y hay palabras que no salen. Lo peor es cuan…do yo no… yo no… —se bloqueó otra vez y soltó un largo suspiro. Lo miró, hizo un pequeño gesto con los labios y se encogió de hombros.

—¿No consigues terminar lo que ibas a decir o hacer? —ella asintió—. Entiendo —se rascó la frente—. ¿Puedo hacer una pequeña prueba ahora?

—Sí, claro —sonrió inclinando la cabeza—. Pero… estoy un poco nerviosa ahora.

—Está bien.

Sonrió y se inclinó hacia la mesa, tomó una receta médica y se la entregó.

—¿Puedes leer esto?

Camila tomó el papel y lo observó con calma. Al principio las letras parecieron borrosas, pero poco a poco fueron tomando forma. Leer había sido una de las cosas que más amaba antes, y no poder hacerlo como antes aún le provocaba tristeza, pero quería intentarlo.

Leyó despacio en silencio. Luego respiró hondo y volvió a leer en voz alta para él, con pausas y tropiezos, esforzándose por demostrar que comprendía lo que tenía delante.

—Has leído muy bien —dijo él con honestidad, reprimiendo el impulso de tomarle la mano—. ¿Hay algo en la receta que no hayas entendido?

Ella volvió a mirar el papel y negó con la cabeza.

—Eso es bueno.

—Si los nú…meros están escritos con letras es me…jor para mí.

—¿Cómo haces para contar?

Ella levantó las manos y mostró los dedos.

—¿Cuentas hasta diez?

Asintió.

—¿Y después de diez?

—Uso los pies —rió suavemente, y él la acompañó—. Y si me faltan dedos… entonces tengo que parar.

Mike soltó una carcajada ante su manera tan natural de decirlo. Le alegró ver que conservaba el sentido del humor frente a algo tan serio, aunque al mismo tiempo sintió una punzada de tristeza. Debía de ser una lucha constante.

Notó que, pese a su esfuerzo por mantenerse tranquila, estaba tensa. Sus dedos comenzaban a enrojecer de tanto apretarlos. Deseó poder ayudarla de algún modo, transmitirle calma, hacerle entender que todo estaba bien y que no la juzgaría.

Era una luchadora. Podía verlo claramente.

Había pasado de una vida normal —casi arquitecta, trabajando en algo que amaba y para lo que tenía talento— a estar allí, solicitando empleo para limpiar los desechos de animales enfermos. No cualquiera soportaría algo así.

Si tuviera que describirla, diría que poseía el espíritu de un fénix y la fuerza de una osa para mantenerse en pie frente a todo lo que la vida le había impuesto.

—Bien, Camila —se recostó en la silla—. Si estás dispuesta a aceptar un trabajo poco emocionante y nada glamuroso, creo que podrías hacer el período de prueba con nosotros. La clínica pertenece a mi hermano y a mí.

—Siendo muy ho-ho-hones… —se detuvo, inhalando profundamente, visiblemente inquieta.

—Siendo honesta…

—Eso —tragó saliva—. Necesito un trabajo que no me exija mu…cho y que me pague un sueldo cada mes —juntó las manos suavemente—. Tengo cuentas que pagar y vivir de trabajos ocasio…nales no es bueno.

Él percibió que comenzaba a alterarse. Y, por lo que había entendido, aquello no era conveniente para ella. Decidió no presionarla más. Ya había tomado su decisión: quería que trabajara allí. Tenía la sensación de que sería algo bueno para ambos.

—Lo imagino. Las cosas están muy difíciles hoy en día.

—Puedo volver ma…ñana para hablar con su hermano.

—No hace falta —dijo, haciendo un gesto con la mano—. Quiero que vuelvas mañana para empezar a trabajar. Mi hermano y yo confiamos plenamente en el criterio del otro. Si yo digo que puedes hacerlo, él estará de acuerdo.

Ella sonrió, visiblemente aliviada. A Mike le gustó verla así.

—Podemos hacer lo siguiente —se inclinó hacia ella nuevamente, hablando despacio para que lo comprendiera bien—: tendrás un período de prueba de quince días. Trabajarás medio turno conmigo y con mi hermano, ¿de acuerdo?

Ella asintió.

—Estarás supervisada mientras aprendes cómo funciona todo. Si tienes dificultades, pides ayuda; si no, continúas con las tareas. Al final de los quince días, si ambos estamos conformes, podremos extender otros quince. Y después de eso, podremos ofrecerte un contrato fijo. ¿Te parece bien?

—Sí —respondió con firmeza.

Ninha Cardoso

Agradezco tu compañía durante la lectura y espero que dejes tu comentario. Me ayuda a saber qué te está pareciendo la historia. Ten en cuenta que nuestra protagonista tiene sus propias dificultades.

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