"Déjame ir, déjame ir." Grité mientras él me arrastraba fuera del coche.
Mis pies se raspaban contra el suelo áspero, mis zapatos apenas resistiendo mientras él me jalaba como si no pesara nada. El aire frío golpeó mi piel, afilado e implacable, pero no hizo nada para enfriar el pánico ardiendo dentro de mi pecho.
"Déjame ir, asesino. Déjame ir." Grité e intenté liberarme, pero su agarre era demasiado fuerte.
Sus dedos se clavaron en mi brazo, lo suficientemente fuerte para doler, lo suficiente