Ya estaba de siete meses y aun seguiamos en aquella caballa, Nadie pasaba por aquel lugar, solo los dos pescadores que venían de vez en cuando para reírse mientras me violaban por todos mis agujeros. Pero una noche, el hombre que decía ser mi dueño se marchó a la ciudad, dejándonos solos al chofer y a mi. Como siempre que se marchaba, atada a la cama y con un bozal en la boca para que no gritara. Escuché de pronto el motor de un coche parar en la misma puerta de la casa, escuchando seguidamente