Puse los platos de comida. Comenzó a llover. Me levanté de la mesa, le abrí la puerta de la terraza a D’Artagnan quien entró y corrió a meterse en mi habitación, cada vez que llueve se pone muy nervioso y se calma debajo de mi cama. Si comienza a tronar, no habrá poder humano que lo saque de su refugio. Roland sonrió al verlo salir precipitado a esconderse.
—Vaya, ¡qué gran cuidador tienes! —A pesar de los nervios, me reí ante su comentario—. Te quedó muy rica la comida.
—Debo ser honesta, la