Entré al cuarto con mil emociones por dentro. La felicidad no cabía en mi cuerpo, en el fondo sabía que no había muerto y debo reconocer mi estupidez, por poco pierdo mi vida. En esta ocasión reconozco lo terca que fui, pero en mi defensa no me acordé. Dios gracias.
Llegué al gigante closet antes del baño, al abrirlo había mucha ropa mía y de mi marido, busqué en los impecables cajones y saqué una camiseta blanca suya para dormir, al buscar mi ropa interior encontré una caja, al abrirla vi una