Un lloriqueo desesperado se me escapa de la garganta mientras me paso al asiento delantero con el vibrador metido hasta el fondo de mi concha.
Los muslos me tiemblan por llevar horas al borde del clímax, así que me muevo lo más rápido que puedo.
—Papi, por favor —le digo. Sin decir una palabra, él sube la ventanilla antes de centrar toda su atención en mí.
—Desobedeciste mis órdenes —dice, y yo niego con la cabeza y asiento al mismo tiempo.
Veo su polla dura empujando contra la bragueta, suplic