“—¡Eres un fracaso! —Su grito lo tensó. —Solo tenías que hacer una cosa, ¡Una maldit4 cosa y tú fallaste! —El 0dio en sus ojos lo volvió un ser más cruel.
—No es mi culpa, padre. —El golpeteo de su corazón aumentó en cuanto el hombre furioso se acercó a él.
—Quítate la camisa y gírate. —Ordenó apretando el látigo. —¡Hazlo! —Einar giró y con lentitud quitó la camisa y la echó a un lado.
El latigazo le hizo cerrar los ojos con fuerza, pero no se movió, ya nada podía lastimarlo, nada le hacía s