Desde la camilla de un hospital, la mujer supuestamente sin vida abrió los ojos abruptamente y llevó sus manos a su cuello con un gesto teatral de horror, mientras el eco de una voz distante llenaba la sala.
—¡Ay, por Dios, Segunda! —exclamó con voz rasgada, incorporándose como impulsada por resortes, y señalándose a sí misma con dramatismo—. ¿Te imaginas? Ese bastardo, después de haberme separado la cabeza del cuerpo, ¿sabes lo que tuvo el descaro de hacer?
La otra, al colgar el teléfono, elev