En esos años después del terrible incendio, viví como un ser sin alma.
Apenas volví a la realidad, me di cuenta de que mi espalda estaba empapada de sudor.
En ese momento, un carro se detuvo frente a mí. Cuando la puerta se abrió, vi el rostro de Matías. No cerró la puerta del carro, sino que se acercó directo a mí y me preguntó si estaba herida.
—Escuché que hubo un incendio aquí. Vamos, te llevaré al hospital.
Matías olvidó de pronto las formalidades y me agarró la muñeca. Lo aparté con fuerza