Mordí mis labios, soportando el placer que recorría mi cuerpo y susurré, —Carlos, hoy es el funeral de mi madre.
Mis manos se aferraban a sus brazos, mi cuerpo temblaba sin poder evitarlo, pero esa resistencia solo parecía volverlo más loco. Sus ojos enrojecidos me miraban con deseo, como si no hubiera hecho el amor en mucho tiempo.
No podía hacer ni un ruido, temía que, si hablaba, saliera un gemido vergonzoso de mis labios. Cerré los ojos, mordí mi brazo, soportando cada ola de placer.
—¡Ol