—Deja de probarme, realmente ya no te amo.
Con suavidad, aparté la mano de Carlos que descansaba sobre mi cintura, me levanté y me giré para mirarlo:
—Tampoco me amas, eso es justo. ¿Qué tienes de qué quejarte?
En sus ojos no podía ocultar la decepción.
—Y a partir de ahora, no me sigas vigilando. Pase lo que pase, puedo manejarlo, y no me tumbará lo que digan los demás.
Sonreí con una expresión burlona:
—A decir verdad, esto es nada comparado con lo que hiciste al arruinar mi trabajo.
—E