El beso repentino me tomó completamente desprevenida.
La lengua de Carlos, ágil y fuerte, exploraba cada rincón de mi boca. No tuve tiempo de reaccionar ni de resistirme; en ese momento, todas mis sensaciones parecieron desvanecerse, dejando solo el tenue olor a tabaco en mi nariz, que entumecía mis nervios y embotaba mi mente.
Con ese beso, él desahogaba un deseo silencioso. Cada terminación nerviosa de mi cuerpo fue llevada al límite por su arrollador impulso, hasta que el dolor me dejó casi