La camisa blanca de Carlos se tiñó de rojo casi al instante.
Sara, entre lágrimas de arrepentimiento, me miraba con odio, y de su garganta salían risas escalofriantes.
Los sirvientes, alarmados por el ruido, volvieron corriendo, disculpándose sin cesar; si no les hubiera pedido que se retiraran antes, nada de esto habría ocurrido.
Carlos actuaba como si no sintiera dolor.
Sin expresión alguna en su rostro, sus oscuros ojos se fijaron en mí.
La luz en su mirada parecía apagarse mientras habl