-¿No es usted la esposa del doctor Rudolph?-, me recibió Watson poniéndose de pie muy solemne, parpadeando de prisa.
-Sí, soy Patricia-, moví mis hombros coqueta ensanchando mi risita.
-A ver, Patricia, ¿toses mucho, tienes carraspera, qué pasa contigo?-, se mostró él muy solícito.
Me alcé a ver a la enfermera, hacía unos apuntes en su ordenador. Entonces murmuré entre dientes, muy bajito. -Quiero el semen de mi marido, de Rudolph-, susurré. Watson sonrió largo y sus ojos brillaron como