Fui a la clínica donde había trabajado en vida Rudolph como anestesiólogo. La recepcionista del nosocomio me reconoció. -¡¡Patricia!!, qué gusto volver a verla!!-, me dijo efusiva dándome un besote en la mejilla. Yo me había puesto un sastre rojo, con la falda corta, zapatos abiertos, llevaba una cadenita de oro con un dije de un búho, tenía aros de pendientes y llevaba mis pelos completamente revueltos. Estaba realmente regia y hermosa.
La clínica se encontraba, literalmente, repleta. Hab