La tarde se deslizó entre risas y fichas de juego. El sol, ya bajo en el horizonte, colaba sus últimos rayos dorados por la ventana de la sala, pintando de ámbar las paredes. Ethan, Ava, Adrián y Dunkan estaban reunidos alrededor de la mesa de centro, jugando “Reinos y Dragones”. Cada tirada de dados, cada movimiento de las figuras sobre el tablero, era celebrado con vítores y aplausos.
—¡Adrián, cuidado con el ogro del bosque! —advirtió Dunkan con una sonrisa traviesa, moviendo su peón verde h