La cara de mi hija

La mañana no se distinguía de la noche en este sitio.

Solo cambiaban los turnos.

Las caras.

Las voces.

Pero el ruido seguía igual.

Constante.

Como si el tiempo aquí no avanzara en horas, sino en pitidos.

Me desperté sin saber si había dormido de verdad o si solo había cerrado los ojos un rato largo.

Adrián seguía ahí.

Sentado.

Misma postura.

Como si no hubiera cambiado de sitio en toda la noche.
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