Decidí saltarme el desayuno.
No podía obligarme a volver a sentarme en aquella mesa, viéndolo servir café como si nada se hubiera desgarrado dentro de mí al escuchar una voz que aún era incapaz de identificar.
“Protege a la niña.”
Tres palabras que me habían seguido hasta el jardín, negándose a abandonarme.
Primero me detuve junto a la fuente. Había algo en el sonido del agua golpeando la piedra que me retorcía el pecho incluso antes de entender por qué. Después caminé hasta el sauce cercano al