En la mesa reinaba un silencio sepulcral.
El rostro de Domenico estaba rígido y feo, y sus ojos se movieron un poco hacia la cara de Urso.
Urso, en cambio, estaba sentado tranquilamente, sin sorpresa.
Lorena respiró hondo y después de maldecir a Juan una docena de veces en su mente, ajustó su humor y añadió con una sonrisa.
—Sí, es mi ex marido.
Juan se sonrojó ligeramente.
—Creo que deben saber nuestra relación.
—Ahora no tenemos ninguna relación, Sr. López, no pienses demasiado.
Juan enarcó un