María López
Seguí caminando. Sentía las piernas pesadas, como si estuviera avanzando a través de aguas profundas, pero no podía detenerme. Mi teléfono no dejaba de gritar dentro de mi bolso —una insistencia digital implacable que sabía que era Diego. O tal vez mi madre. De cualquier forma, no quería escuchar sus voces. No quería escuchar más mentiras ni más exigencias de un dinero que no tenía. Saqué el dispositivo, la pantalla parpadeaba con una llamada perdida de "Esposo", y sentí una oleada