El agua del puerto estaba en calma, teñida de profundos tonos ámbar y rosa mientras el sol se deslizaba lentamente por debajo del horizonte. Me senté cerca de la proa de la pequeña embarcación privada, con las rodillas ligeramente encogidas bajo mi manta de lana, observando cómo la costa de la ciudad brillaba como un collar de joyas dispersas. El motor tarareaba una suave y rítmica nana bajo nosotros, surcando el agua con una gracia suave y flotante.
Carlos estaba cerca del timón, con las manos