El aire de la mañana olía a pavimento mojado, hojas de menta machacadas y al aroma fresco y punzante del agua salada que llegaba flotando desde el lejanísimo puerto. Era temprano, esa clase de hora silenciosa antes de que la ciudad despertara de verdad, cuando los puestos del mercado apenas comenzaban a desplegar sus toldos de lona y a mostrar sus cosechas matutinas.
Caminaba de la mano de mi padre, Martínez, por los estrechos senderos adoquinados del viejo mercado central. Este era el lugar ex