María
—El jefe del muelle va a ver ese humo desde la puerta principal si no bajas las revoluciones del motor, Max —dije, subiendo a la parte trasera de la furgoneta de reparto antes de que las ruedas pudieran detenerse por completo contra el bordillo de hormigón.
Max no soltó el acelerador. Siguió presionando con fuerza el pedal de metal, con los dedos aferrados al plástico agrietado del volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos a través de la grasa. —El jefe no está mirando el carril,