Danilo despertó de manera abrupta de su ensoñación embriagada, pero lo hizo sobresaltado por un fuerte puñetazo en el brazo. Su mirada aturdida y confusa se encontró pronto con la furia del dueño de la cantina, un hombre de mediana edad que lo miraba con desprecio.
—¡Despierta, inútil! —gritó el dueño de la cantina, que tenía la cara al rojo vivo.
Jenny, con lágrimas teñidas de negro en las mejillas, se acercó al dueño y siguió quejándose con voz temblorosa.
—Ese tipo… —sorbió por la nariz—. Me