Lucas llamó un martes de febrero.
No a la hora habitual. A las once de la mañana, que era la hora de las llamadas que no cabían en el protocolo semanal y que por eso tenían un peso diferente al de los jueves. Nathan reconoció el número antes de contestar y supo que lo que Lucas tenía que decir no cabía en el jueves.
—¿Tienes quince minutos? —dijo Lucas.
—Tengo los que necesites.
—Illinois formalizó la propuesta. —La voz de Lucas tenía la quietud específica de cuando presentaba información que y