—Clara, ¿cómo estás? ¿Estás herida? —Diego abrió la puerta del coche y se inclinó para tocar los brazos y las piernas de Clara en busca de heridas o algún tipo de fracturas.
—Estoy bien, hermano—Clara, se encontraba con los ojos enrojecidos, llenos de lágrimas, su rostro tan pálido como el papel.
Pero Diego la miraba con gran asombro, sintiendo que la situación era mucho peor de lo que parecía. Conocía muy bien a Clara; no era una mujer que llorara con gran facilidad. Había luchado terriblemente