De repente, el agudo pitazo de un coche rasguño el aire. A cierta distancia, un deslumbrante haz de luces la iluminó. Giró bruscamente la cabeza, su rostro se volvió pálido bajo la luz. Sin embargo, en ese momento crítico, se quedó inmóvil en su lugar, rígida y sin ningún movimiento.
Un camión que se aproximaba a gran velocidad no pudo frenar a tiempo. Noa, llena de terror, abrazó fuertemente su osito de peluche, cerró los ojos con fuerza.
—¡Noa! ¡Cuidado!
En el último instante, Rodrigo apretó l