El médico que recibió a Alejandro reconoció de inmediato su nombre y comprendió su identidad. Al observar su apuesto rostro, recordó que él era urólogo, lo que le causó una gran presión.
—Alejandro, ¿qué le trae por aquí?
El médico, con voz temblorosa, luego añadió con solemnidad: —Alejandro, tenga la seguridad de que la confidencialidad en nuestro hospital es extremadamente alta. Si viene a consultar aquí hoy, le garantizo que guardaré total discreción, ¡no diré ni una palabra a nadie!
Alejandr