— ¡Ugh!
El golpe en la espalda de Clara le provocó un dolor punzante, y emitió un quejido sofocado: — ¡Alejandro, ¿te has vuelto loco?
Alejandro estaba tan enfadado que apretaba con fuerza su muñeca, como si temiera que ella se escapara.
Sus respiraciones se entrelazaban, y sus miradas se enfrentaban con intensidad.
— Una y otra vez me has engañado, Irene... ¿Crees que cualquier otra persona no se volvería loca en mi lugar? — Alejandro fijó firmemente sus ojos en ella, y su voz era ronca y carga