Al ver que Noa se atrevía a responderle de esa manera, Jimena sintió una fuerte oleada de furia que le quemaba el corazón, sus delicadas uñas casi se clavaban en la palma de su mano. Si no fuera por la multitud que los rodeaba, ella le habría dado una bofetada en el acto a esa tonta.
Jimena respiró hondo, tratando de contener su furia, pero sus labios rojos se curvaron maliciosamente mientras se acercaba lentamente a Noa y le susurraba burlonamente en su oído: —Sí, no eres una tonta, eres aún pe