Fernando frunció levemente el ceño. —Álvaro...
Entre palabras, los ojos de Álvaro estaban llenos de preocupación y su sonrisa era muy amarga. —Lo siento, abuelo, soy un inútil. No puedo ayudarte a ti y a papá, no puedo cumplir con mis responsabilidades en la familia Hernández, y además me convertí en un completo enfermo.
Durante todos estos años, siempre he pensado en una sola cosa: ¿cómo sería si no hubiera pasado por ese secuestro? ¿Y si la persona que logró escapar de los secuestradores fuera