—Clara, ¿aún no te has dormido? — La voz de Alejandro era suave y melodiosa, pero extrañamente reconfortante para ella.
—No tengo aun sueño— Clara se levantó y se dirigió al balcón, mirando la luna mientras disfrutaba de la cálida brisa nocturna.
—¿Es porque te fuiste y nadie está aquí para abrazarte mientras duermes, te está dando acaso insomnio? — Alejandro rio suavemente.
—¡No es eso en absoluto! — Las mejillas de Clara se calentaron.
—Clara, tú eres mi todo.
La repentina confesión apasionada