Sebastián entró en la comisaría con pasos muy firmes y llenos de evidente ira.
Agarró con fuerza la mano de Daniela: —¿Qué estás haciendo?
Si no hubiera llegado, ¿habrían estado abrazados sin importarles absolutamente nada?
La mano de Daniela le dolía bajo su agarre, y su rostro mostraba una gran impaciencia: —¡Estoy poniéndole un medicamento! ¿No ves?
—¿Está tan mal que necesitas hacerlo en público?
Daniela intentó liberar en ese momento su muñeca sin éxito alguno, y se rió con gran sarcas