Capítulo 4
Aún no amanecía cuando colgaron las telas de luto en el patio. Inés me ayudó a ponerme la mortaja; sus lágrimas caían una a una sobre el cuello de la prenda.

—Iré con usted al sur, señorita.

El mayordomo la detuvo junto a la puerta.

—El príncipe ya te ha concedido la libertad. La señorita tendrá que vivir con otra identidad. No puede llevarse a nadie que conozca la verdad.

Inés se arrodilló entre lágrimas.

—En invierno le da tos y por las noches siempre tiene pesadillas. Si no estoy yo, ¿quién se acordará de calentarle la medicina?

Puse en sus manos el documento que la ataba a mi servicio.

—Ya no tendrás que cuidarme.

Se la llevaron. Ella se volvía a mirarme a cada paso.

—Señorita, cuando llegue al sur, coma bien. No siga descuidándose por lo que le han hecho.

La puerta se cerró entre nosotras. No le prometí nada.

Mis padres y Gabriel ya habían llegado. Mi madre me metió en la manga una bolsita aromática.

—Tiene la misma mezcla de hierbas que usabas de niña para dormir. Si no puedes conciliar el sueño en el sur, ponla junto a la almohada.

Luego me advirtió:

—No nos mandes cartas con nadie. Estarás muerta. Si vuelves a comunicarte con los Salazar, todo lo que hemos preparado habrá sido en vano.

Acaricié las orquídeas bordadas en la bolsita. De niña había enfermado de gravedad y mi madre me había cuidado tres días y tres noches. Decía que yo era parte de ella y que no pedía nada más que verme viva y sana.

Aún recordaba que me costaba dormir. Aún le dolía separarse de mí. Pero ya había preparado tanto la bolsita como las palabras con las que se despedía para siempre.

Gabriel estaba junto al ataúd.

—La casa del sur ya está lista. El patio trasero está lleno de naranjos. Seguro que te gustará.

Lo miré.

—A mí me gustan las magnolias.

Se quedó inmóvil.

El año en que nos casamos habíamos plantado una magnolia en el patio. Gabriel se había arremangado para cavar el hoyo y acabó con la cara llena de tierra. Yo me reí de su aspecto y él me manchó adrede la punta de la nariz.

Me prometió que, cuando floreciera, construiría un columpio debajo.

Al año siguiente, la magnolia floreció cuando Gabriel ya se había marchado a la frontera. No dejé que los criados hicieran el columpio. Quería esperar a que volviera y lo construyera con sus propias manos.

Después llegó a la capital la noticia de su muerte. Pasé una noche entera sentada a solas bajo aquel árbol.

El columpio nunca llegó.

—Me equivoqué —murmuró Gabriel—. Cuando llegues al sur, haré que los cambien por magnolias.

Se acercaba la hora y Alejandro aún no aparecía.

—El príncipe está en palacio, a cargo de la ceremonia en honor del general Montenegro —explicó el mayordomo—. Dice que la señorita siempre ha sido comprensiva y que no hace falta que lo espere.

Mi padre respondió de inmediato:

—En ese caso, comencemos. Que el funeral no empañe la alegría de este día.

Gabriel disolvió la píldora de la muerte aparente en la medicina y me entregó el tazón. Amparada por mis mangas anchas, vertí también el arsénico.

Mi madre trajo fruta confitada.

—Sé que no soportas lo amargo. Come un trocito después de beber y te sentirás mejor.

La miré y recordé de pronto el día de mi boda. Me había abrazado entre lágrimas y me había dicho que la casa de los Salazar siempre sería mi hogar. Si Gabriel me trataba mal, podía volver cuando quisiera.

Le había creído durante años. Pero el día que regresé me peinó, me preparó mi crema dulce y también me probó la mortaja con sus propias manos.

Lo recordaba todo. Solo había olvidado preguntarme si quería irme.

Gabriel intentó tranquilizarme.

—Solo dormirás seis horas. En cuanto termine la ceremonia, iré a buscarte fuera de la ciudad.

Mi padre añadió:

—Siempre has sido una hija sensata. Haz un esfuerzo más por la familia.

Bebí el contenido del tazón de una sola vez. Mi madre se apresuró a ofrecerme la fruta confitada, pero negué con la cabeza.

Ya no me importaba el sabor amargo. No pensaba despertar.

Gabriel me ayudó a acostarme en el ataúd y me acomodó las mangas.

—No tengas miedo. Dentro de seis horas te despertaré. Te lo prometo.

Mi padre insistió a su lado:

—No abran el ataúd hasta salir de la ciudad. No podemos dejar ninguna prueba.

Mi madre me sostenía la mano y sus lágrimas caían entre mis dedos.

—Cuídate mucho en el sur. No me guardes rencor.

El veneno empezó a hacer efecto. Sentía como si una piedra enorme me oprimiera el pecho y las voces se oían cada vez más lejanas.

Tres años atrás, Gabriel me había dado medio pastelito de azahar fuera de las puertas de la ciudad y me había pedido que esperara su regreso. Dos años atrás, Alejandro me había sacado en brazos de la sala del velorio y me había dicho que nunca más me dejaría esperando sola a un muerto.

El hombre al que esperaba había regresado vivo. El que había prometido acompañarme también había conseguido, por fin, el desenlace que quería.

Uno recibiría honores; el otro daría por cerrado el escándalo. Todos podrían empezar de nuevo.

A mí me dejaban otro nombre, una casa desconocida y una vida tranquila sin poder volver jamás a la capital. Decían que era la salida que me ofrecían.

Pero yo ya no quería aquel futuro.

Por fin se oyó la voz de Alejandro fuera del patio.

—¿Ya tomó la medicina?

—Acaba de tomarla —respondió el mayordomo en voz baja.

Los pasos se detuvieron junto al ataúd. Alejandro vio la fruta confitada en manos de mi madre y frunció el ceño.

—¿Por qué no le dieron un poco? No soporta lo amargo.

Quise decirle que ya no hacía falta. Nunca más tendría que tragar nada amargo.

Mi madre seguía sosteniéndome la mano y repitiendo para tranquilizarme:

—Solo vas a dormir un rato. Cuando despiertes, todo estará bien.

Cerré los ojos despacio. Mi corazón dejó de latir.

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