Sage se apoyó contra la fría y húmeda pared de su celda, con la cabeza baja. El olor metálico de la sangre y el hierro invadía su sistema olfativo y, con cada respiración, le resultaba más difícil respirar. Su estado físico era lamentable, su cuerpo estaba débil y los músculos le dolían, pero nada era peor que el dolor que sentía en el pecho.
Alfa Dylan.
El nombre resonaba en su mente como una maldición. Ardía más que cualquiera de sus heridas. «¿Cómo pude estar tan ciego?», pensó, apretando la