El silencio reinó al otro lado de la puerta. Un largo y profundo silencio. A través de la rendija, solo se escuchaba una respiración pesada y entrecortada. Aunque no podía ver el rostro de Gabriel, podía sentir su dolor y su conflicto interno. Isabella era su hermana, después de todo. ¿Cómo podría hacerle daño?
—Lo siento, María, eso... no puedo hacerlo —su voz ronca finalmente rompió el silencio, empapada de dolor—. Pero tampoco me rendiré contigo. Al fin y al cabo, los López te hemos hecho dañ